Laila Aned Moreno Quintana
Imagen destacada: Instagram @oscar._.damian
Entre luces neón y el aroma a comida, miles de capitalinos saturan la Alameda Central. Lo que nació como una festividad tradicional hoy enfrenta el reto de un espacio insuficiente ante la masiva asistencia.
VIDEO CORTO Entre luces neón: El pulso eléctrico de la celebración.
El epicentro del festejo capitalinoLa Alameda Central, se transforma cada diciembre en un microcosmos de la identidad chilanga. Sin embargo, este año la experiencia ha mutado de la contemplación al hacinamiento. Desde la avenida Juárez hasta Hidalgo, el flujo de personas es constante, creando un río de personas que apenas deja espacio para el paso de los servicios de emergencia o el simple respiro de los transeúntes.
El reto del espacio público
El fenómeno de la Alameda plantea una pregunta urgente para las autoridades: ¿Hasta qué punto la tradición debe comprometer la seguridad? La saturación no solo afecta la movilidad, sino que degrada el patrimonio verde de la zona. Las jardineras, protegidas por vallas que a menudo son ignoradas, sufren el embate de quienes buscan un lugar donde sentarse o simplemente escapar de la marea de gente que circula por los corredores principales.
El reto de la movilidad: un laberinto de concreto y gente
Caminar por la Alameda Central durante estas fechas se ha convertido en un ejercicio de paciencia extrema, y para muchos, en una prueba de resistencia física. El flujo no es constante, es un avance a cuentagotas donde el espacio personal deja de existir.
Esta saturación golpea de forma desproporcionada a los sectores más vulnerables. Es común observar a personas de la tercera edad intentando anclar sus bastones en el escaso pavimento libre, con el temor visible de ser arrollados por el impulso de la masa. Las familias que acuden con bebés en carriolas enfrentan un escenario hostil: lo que debería ser un paseo recreativo se transforma en una maniobra de rescate, levantando las carriolas de los niños por encima de los hombros para poder avanzar. La misma suerte corren los usuarios de sillas de ruedas, para quienes las rampas y accesos quedan bloqueados por personas que, ante la falta de espacio, se ven obligadas a invadir cualquier zona de tránsito.
La cercanía forzada —el “cuerpo a cuerpo”— ha obligado a los visitantes a extremar precauciones con sus pertenencias. Es una imagen recurrente ver a las personas con las mochilas al frente, abrazando sus bolsos o manteniendo las manos firmes sobre sus bolsillos. El roce no es casual, es una condición del entorno que alimenta la paranoia y el malhumor.
El conflicto del comercio y la seguridad ausente
La logística del comercio informal y los puestos semifijos agrava el problema. En los pasillos laterales, los dueños de los negocios han establecido fronteras invisibles pero rígidas. No se permite el paso entre un puesto y otro; los pequeños huecos están estrictamente vigilados por los locatarios, impidiendo que la gente los use como “atajos” para escapar de la multitud. Esta privatización del espacio público encajona a los transeúntes, obligándolos a seguir el flujo lento de la vía principal sin rutas de evacuación claras.
Finalmente, la sensación de vulnerabilidad se acentúa ante la escasa presencia de autoridades. A pesar de ser uno de los puntos más concurridos de la Ciudad de México, la supervisión de policías o personal de Protección Civil es intermitente y, en ocasiones, inexistente. No hay personal que gestione el sentido de las vialidades peatonales ni que regule los cuellos de botella, dejando la seguridad de miles de ciudadanos a merced del azar y la voluntad propia de una multitud que solo busca, entre empujones, un poco de espíritu navideño.
FOTOGALERÍA Instantes de alegría: Los capitalinos se apropian de la Alameda.

Pese a las dificultades de movilidad, la música logra abrir círculos de baile improvisados donde los capitalinos encuentran un respiro frente al hacinamiento.

Entre la multitud y el bullicio, los juegos de resistencia ofrecen un momento de sana competencia y entretenimiento para los transeúntes que logran abrirse paso.

Símbolos de la infancia: el puesto de globos se convierte en un faro de atracción para los más pequeños, destacando bajo la iluminación del kiosco en una noche de afluencia masiva.

La fascinación por el movimiento: niños y adultos contemplan las atracciones de feria que iluminan la noche en la Alameda Central, un instante de pausa dentro del bullicio del Centro Histórico.

Brillo en la multitud: los accesorios con luces LED, como las diademas y coronas, se han vuelto un distintivo visual entre los asistentes que buscan destacar en la oscuridad de la Alameda.

Entre el tumulto, el asombro persiste. La emoción de los más pequeños al descubrir la feria contrasta con el cansancio de los adultos en una jornada marcada por la alta afluencia.

El asombro compartido: una familia se detiene a observar el movimiento de las atracciones, encontrando en la feria un espacio de esparcimiento que logra unir a distintas generaciones en un solo instante de fascinación.
El jardín asfixiado: cuando el espacio verde se vuelve vía de pasoLa arquitectura de la Alameda Central, diseñada para el paseo pausado y la contemplación, sucumbe bajo el peso de una logística superada. Ante el bloqueo total de los pasillos principales, la desesperación de los asistentes ha convertido a las jardineras en vías alternas de tránsito. Lo que deberían ser santuarios de vegetación en medio del asfalto se han transformado en veredas de tierra apisonada por miles de pies que, en su afán de avanzar, ignoran la vida botánica que intentan proteger las vallas.
El peligro invisible: golpes y accidentes en la multitud
La saturación no solo es incómoda, es físicamente peligrosa debido a los obstáculos del propio mobiliario urbano que quedan ocultos por la marea humana. Las estructuras tubulares de metal que rodean las jardineras, diseñadas originalmente para delimitar y proteger el paso, se han convertido en trampas para los transeúntes.
Debido a que la densidad de personas es tan alta que es imposible ver el suelo o los pies del que camina enfrente, los visitantes chocan constantemente contra estos bordes metálicos. Los golpes secos en las espinillas y rodillas son una constante que se pierde entre el ruido de la feria.
Una tradición que devora su escenario
El escenario descrito revela una contradicción dolorosa: el deseo de los capitalinos por habitar sus espacios públicos está terminando por degradarlos. La feria de la Alameda, con su magnetismo innegable, parece haber alcanzado un punto de ruptura donde el volumen de asistentes supera cualquier capacidad de gestión urbana.
Sin una estrategia que limite el aforo o que redistribuya las atracciones de manera más inteligente, el precio de la fotografía con los Reyes Magos o el disfrute de un juego mecánico seguirá siendo el deterioro de un patrimonio histórico y la integridad física de quienes lo visitan. La Alameda Central sobrevive, pero lo hace bajo una presión que pone en duda la sostenibilidad de estas ferias en el corazón de la Ciudad de México.
El dilema de habitar la tradiciónLa feria de la Alameda Central es un testimonio de la vitalidad cultural de la Ciudad de México, pero también es un síntoma de la urgencia por repensar el uso del espacio público. La saturación, el daño a las jardineras, los accidentes por obstáculos invisibles y la falta de autoridad no son incidentes aislados, sino el resultado de una tradición que ha desbordado su propio escenario.
Preservar la magia de la Navidad y el Día de Reyes para las familias capitalinas no debería implicar el sacrificio del patrimonio verde ni la integridad de los asistentes. El reto para las próximas ediciones es claro: gestionar el asombro. La Alameda necesita respirar para seguir siendo el jardín de todos, y no solo un laberinto de concreto y metal donde la experiencia de usuario se mide en empujones y resistencia. Mientras no se establezcan límites de aforo o rutas de tránsito seguras, el corazón de la capital seguirá latiendo con fuerza, pero bajo un ritmo de caos que amenaza con asfixiar la misma alegría que pretende celebrar.









