El arrullo del Niño Dios: una tradición que se hereda

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El arrullar al Niño Dios es una tradición que se practica en las familias mexicanas en la víspera del 24 de Diciembre. A través de esto, familias y comunidades fortalecen su memoria colectiva, la identidad cultural y los vínculos afectivos.

Cantos para levantar al niño Dios: Los aromas, Venid Pastorcillos / LinuxmanR4

Diciembre es uno de los meses del año más esperados. Se presenta como un cierre de ciclos, la oportunidad de reflexionar lo vivido y la llegada de celebraciones donde las familias y los amigos se juntan para vivirlas con emoción.

En estas celebraciones, se encuentra quizás la más esperada para muchos: Navidad. Para algunos, es un sinónimo de fiesta, festejo, comida, bebida, música y diversión; para otros, además de ser una convivencia social, trasciende esa barrera y se vuelve algo simbólico, tradicional y religioso, como el arrullo del Niño Dios. 

A través de cantos, oraciones y la convivencia, la tradición del Niño Dios persiste en los hogares de muchos mexicanos. Un ritual vivo que articula fe, cultura y comunidad, reafirmando un valor simbólico para todos aquellos que lo celebran y donde la fé se vive desde lo emocional. 

Aunque su origen se encuentra en la tradición católica, con el paso del tiempo el arrullo se ha consolidado como una práctica cultural que trasciende lo estrictamente religioso y se mantiene viva en distintos contextos sociales.

En contextos urbanos, el arrullo del Niño Dios ha experimentado modificaciones relacionadas con el ritmo de vida actual. Algunas celebraciones son más breves o se realizan en espacios reducidos; sin embargo, hay quienes conservan este ritual en un estado más natural y sin perder su significado principal, como las familias Martínez y Ramos de la Unidad Habitacional Ejército Constitucionalista en la Ciudad de México

Piñatas y adornos en la casa de la familia Ramos. / Josabeth Franco

Rondadas las 7 de la noche del día 23 de diciembre, el señor José Luis Ramos da comienzo a los preparativos para la última posada del año. Con paso firme y siempre acompañado de su sobrino Jairo Ramos, llega a las casas de 20 familias de la Super Manzana 1, tocando y diciendo a modo de chiste: “ya llegó el abonero de cada año”; y sin importar si son 10, 100 o incluso 500 pesos, los vecinos hacen su aportación para esta celebración. 

Al día siguiente, a las 9 de la mañana, el señor José Luis parte en camino a comprar los adornos al mercado de “Jamaiquita” que se encuentra ubicado en la calle Leyes de Reforma, Tercera Sección. 

“Compramos 800 metros de adornos, con eso sacamos 80 tiras para adornar una parte del estacionamiento. También compramos focos para tener más luz, porque el niño se sale a arrullar a las 12 de la noche y la luz de la calle no da… También llevamos pétalos de rosa y se los entregamos a la señora Delfina para que los lancen cuando se mencionan en la canción.” – José Luis Ramos, encargado de los adornos.

José Luis Ramos comprando en el mercado de Jamaica los adornos / Josabeth Franco

El mercado de Jamaica, ubicado en la alcaldía Venustiano Carranza, es uno de los mercados más emblemáticos y tradicionales de la capital. Durante el mes de diciembre, el mercado cobra gran relevancia debido a la venta de productos asociados a las festividades decembrinas.

Muchas personas acuden para adquirir flores de nochebuena, arreglos navideños, piñatas, ramas de pino, dulces y otros artículos tradicionales, ya sea para uso doméstico o para su reventa. La combinación de precios accesibles, variedad de productos y la tradición cultural que rodea al mercado hace que en esta temporada se convierta en un punto de alta afluencia, donde las compras navideñas se mezclan con prácticas comunitarias y costumbres arraigadas en la vida cotidiana de la ciudad.

José Luis Ramírez y José Luis Ramos comprando piñatas para la posada. / Josabeth Franco

Alrededor de las 12 del día, comienza la instalación de los adornos de manera colectiva. Vecinas y vecinos colaboran durante varias horas para colgar los adornos, reforzarlos y limpiar la calle. Las escaleras, las herramientas y el esfuerzo se comparten, con la intención de transformar el espacio cotidiano en un escenario de pertenencia y unión. 

“Desde que mi hermano se empezó a hacer cargo de adornar la calle nosotras decidimos de manera voluntaria darle de comer a los chavos que salen a ayudar, nosotras compramos los alimentos, ya sea una torta o un taco, es lo que damos. Y no les cobramos, creo que al ser una acción que sale de nuestro corazón, Dios nos la va a recompensar con salud” comentó Juana Ramos

José Luis Ramos colocando los adornos de listón en la parte interna de la unidad. / Josabeth Franco

Cuando cae la noche, 250 personas aproximadamente, se reúnen para arrullar a sus niños. Familias que viven en la zona y otras que ya no viven en la unidad, pero que regresan cada año, se forman para arrullar al Niño Dios y bajo el cántico colectivo, se marca el ritmo que da  salida a la Virgen de la última casa en la que fue su posada. 

Por lo general, la celebración se desarrolla en casas, capillas o parroquias, donde el nacimiento ocupa un lugar central. En este caso, los habitantes de la Super Manzana 1, designan uno de los estacionamientos de la unidad como el lugar en donde será colocado el nacimiento y a donde se llevará la Virgen para que “reciba la llegada” del Niño Dios. 

Habitantes y personas externas previo al arrullo del Niño Dios en la calle Super Manzana 1 / Josabeth Franco

Adornado con flores, luces y veladoras, se crea una atmósfera que invita al respeto y la contemplación. El ritual se extiende durante más de una hora y media, con personas sosteniendo en manos y arrullando a los Niños Dios en dirección al pesebre mientras el resto de asistentes entonan cantos tradicionales.

El arrullo no solo es un compuesto de la Navidad, sino que es un momento que invita a la calma y al recogimiento; una connotación de paz para todos aquellos que buscan un nuevo comienzo o una esperanza, marcando simbólicamente por la llegada del Niño Dios.

La cena después del arrullamiento 

Posterior al ritual del arrullamiento al Niño Dios, la familia Ramos y la familia Martinez, se encargan de alimentar a las personas que ayudaron a adornar en el día y al resto de personas que acompañaron la velada. 

“Mi hermana Juana y yo no recibimos dinero de nadie. El atole y la comida para los que adornan sale de nuestras bolsas… Nada de esto va con el afán de obtener algo a cambio, si nos va bien después; considero que es la gracia del niño Dios que nos está auxiliando” comentó Margarita Ramos.

Paso procesional del Niño Dios decorado con listón y linternas. / Josabeth Franco

La señora Delfina Martínez, de 73 años de edad, además de encargarse del ponche y el café; es también la encargada de organizar toda la posada desde hace 40 años, cuando esta tradición se llevaba a cabo en la anterior unidad, en San Francisco, Coyoacán. Tratando de mantenerla viva y muy similar a cuando se hacia allá. 

Desde entonces, la señora Delfina presta sus figuras religiosas (José, la Virgen y el niño Dios) para realizar el ritual de la última posada, su hermano Jacinto Martinez en conjunto con su esposa e hijos se encargan de una parte de la comida.

Familia Martínez escoltando al Niño Dios en su último recorrido de la noche. / Josabeth Franco

La familia Ramos, se encarga de la elaboración de los adornos y también de brindar alimento y bebida. En conjunto, estas dos familias son las que han hecho posible que la tradición se mantenga viva con el pasar de los años; pues las generaciones más jóvenes de ambas, continúan participando brindando su apoyo y preservando los valores que se les fueron inculcados. 

Posteriormente al finalizar la cena, darse buenos deseos y compartir sus historias más nuevas, todas las familias que participan en esta celebración se retiran a sus casas a continuar celebrando la víspera de la Noche Buena.